Regalo de Cumpleaños para Chintamani

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Chintamani – Estudio de Yoga cumple su primer año. Yo también cumplo un año en este hogar de pensamiento y ha sido un año de despertar, de recoger los pedacitos y agruparlos de nuevo, de poner las bases de lo que quiero que sea mi vida.

Tengo 29 años y la mayor parte de mi vida he sido feliz, pero hace poco – en una sesión de meditación – al verme en el reflejo del agua no me reconocí. Fue como si no tuviera rostro, como si todos estos años hubiera estado viendo al espejo a una persona completamente diferente, como si la Margarita que soy fuera invisible.

Esa necesidad de encontrarme nació hace un año y medio aproximadamente – cuando llegué a Chintamani – y menciono esta escena de la meditación, porque un año después a veces me pierdo en los rostros de los demás y se desdibuja lo que soy desde las entrañas, pero si llevaba 28 años dormida, creo que es normal perderme aún.

Hasta el año pasado – y creo que a veces ahora – me había pasado la vida como una pluma a la deriva del viento, yendo y viniendo, cayéndome y levantándome, creyendo y dudando, amando y odiando, culpándome y perdonándome. Había intentado algunas prácticas, buscando la respuesta a los interrogantes de mi vida, pero nada me hacía sentir en el camino indicado.

Y llegó el dolor físico – porque el emocional ya estaba- y la espalda baja empezó a pasarme factura. Además, con un solo riñón desarrollado – también lo supe hace poco- empezaron los quebrantos de salud. La búsqueda de un espacio de descanso y relajación comenzó y me encontré con que Laura era profe yogui.

Y nos encontramos

Indagué sobre las clases y la metodología. Las clases las daba a domicilio y mi hogar – muy pequeño en ese entonces – no tenía el espacio requerido para la práctica. Literalmente tendría que sacar a los gatos por la ventana, para poder recibir la clase.

Yo la busqué justo cuando ella decidió abrir las puertas de su hogar y adecuar el espacio para recibir a sus practicantes. Y así comenzó esta relación con el yoga: evidentemente yo era la más lenta, la menos flexible y la menos avanzada de la clase.

Cuando me preguntó en la primera sesión porqué llegaba allí, manifesté que buscaba mejorar mi postura y aliviar un dolor en la espalda baja, que ya a esas alturas era insoportable. Laura fue muy paciente, demasiadooo paciente conmigo y eso se lo agradezco hoy.

La masa

Al inicio – y hasta hace poco – mis posturas eran sin forma, sin aguante, sin resistencia. Siempre me he caracterizado por mi sentido el humor, que alivianaban la situación, pero debo confesar que algunos días me ganaba la desilusión de imaginarme en la práctica como una masa a merced de la gravedad.

Pues el dolor de espalda se fue, pero entendí lo que significa cada chakra y que la espalda baja está ubicada en el tercero, que se refiere a la identidad en el mundo, al reconocimiento y al poder personal.

Ese era el diagnóstico: pobre espalda baja, cargando mis dudas, mis miedos y mi falta de firmeza frente a las situaciones y personas que llegaban a mi vida.

Mi luna nueva

El yoga no entra en ti por los ojos, los pies o los poros. Él está ahí, esperando en el aire, aguardando ese momento de consciencia en el que eliges intentar algo nuevo, una excusa para aliviar un dolor, pero cuando lo dejas entrar se vuelve una fuerza de gravedad, que te lleva, te envuelve y te da sentido.

Y espero que los expertos no se rasguen las vestiduras con esto: soy yoga, cuando duermo y cuando despierto, cuando me lleno de sentimientos negativos y cuando me siento tan plena que podría amar a toda la humanidad, cuando ayudo y cuando lastimo, cuando soy caos y paz, cuando soy luz y oscuridad.

Así me siento ahora y estoy convencida que el yoga fue la excusa para aliviar un dolor, pero de fondo fue lo que me llenó de contenido para pararme y pisar fuerte y afrontar lo que elijo ser y cómo decido hacerlo.

Sobre todo soy yoga cuando decaigo, cuando quiero elevar todo y a todos. Es ahí cuando la consciencia de todo este proceso me hace parar, meditar y elegir seguir. Diría que el yoga es mi luna nueva, que me para y confronta.

Hasta el año pasado nada había despertado en mí. Y les diré que este no fue un camino de pétalos y amaneceres inolvidables: fue un camino de lágrimas, porque el dolor de la espalda baja fue cediendo, pero aparecieron un montón de heridas que las debí haber llorado hace muchísimo tiempo.

El dolor como maestro

Entendí que el dolor sólo fue el medio para llegar a este lugar, donde no sólo mi cuerpo se ha transformado, sino también mi mente y mi corazón.

Y ahora amo ese dolor, del que tanto renegué. Fue mi maestro y me recuerda que no importa cuál sea el camino, porque ahora que quiero ser madre me siento lista para sortear lo que se venga: con mis reglas, mis prácticas, mi único riñón y mis dos gatos.

Hay semanas que vuelvo a sentirme como la masa sin forma, otras que fluyo como esa pluma a la deriva del viento, pero ya con un destino fijado. Hace un año era una persona muy distinta de la que soy ahora. Y me falta mucho, claroooo, mucho camino por recorrer, pero de eso se trata, de elegir cómo recorrerlo.

Feliz primer año a Chintamani, a Laura, a David y a sus gatos, sobre todo a Borges, con quien nos veremos en la eternidad, para escucharlo maullar por salir a la sala, mientras meditamos en la confianza de la plenitud.

No ha sido fácil llegar a este momento, pero no cambiaría este camino.

Namasté.

Margarita Laverde Galvis

Foto: Cristian Arisitzabal

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¡Estamos listos!

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Hemos vivido un valioso tiempo de descanso y reflexión.  Chintamani trae algunos cambios destinados a fortalecer su perfil y personalidad como espacio y hogar del yoga.  Queremos darle libertad a las emociones para poder conectar con nuestras búsquedas reales y cotidianas.  Durante los últimos días del año 2017 tuvimos tiempo de observar los deseos y propósitos hacia los cuales se mueven las personas cercanas a nosotros, que de alguna manera representan a la gran mayoría.  Queremos compartir algunas herramientas para que el miedo y la ansiedad no sean más una constante de vida y, al contrario, poder echar raíces en la calma y la paz interior con el único fin de lograr ‘ser’ y ‘estar’ en el mundo sin contrariedades y construyendo el mundo que soñamos.

Este año 2018 más que enfocarnos en la práctica de Hatha Yoga, vamos a concentrarnos en prácticas que aporten a nuestro proceso de autoconocimiento y autorealización, como la meditación, el pensamiento filosófico y la contemplación.  Vamos a pensarnos a nosotros mismos como seres en constante expansión hacia nuestra propia verdad.

Bienvenidos a pensar

Gracias por la luz

¡Namasté!

Taller de Inteligencia Emocional con el Monstruo de Colores de Anna Llenas

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El Monstruo de Colores es una creación de literatura infantil de la escritora Anna Llenás a partir de la cual se han creado diversas herramientas para estimular la expresión emocional de los niños.  Este taller consiste en guiar a los más pequeños hacia una adecuada, sana y pertinente expresión de sus emociones a través de actividades como el yoga, la meditación, las manualidades, la música, la filosofía y el juego con el fin de que aprendan a identificar y exteriorizar su estado emocional sin dañarse a ellos mismos ni a su entorno.

Contaremos con el acompañamiento y la complicidad de Lina Alejandra López, con quince años de experiencia en educación preescolar.

Para esta ocasión el taller tendrá un valor de $50.000 que incluye materiales, actividades, refrigerio y suvenir para seguir trabajando en casa lo aprendido en el taller.

Con este encuentro buscamos que los niños identifiquen sus emociones y comprendan la importancia de expresarlas y manifestarlas sin anclarse en ellas para que su mente permanezca clara y libre.  Practicaremos algunas posturas de yoga para cada emoción y realizaremos otras actividades manuales para que despierten su comprensión mientras se divierten.

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Chintamani detrás de cámaras

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La palabra Chintamani es una palabra en sánscrito que significa “La joya del pensamiento” (Chinta: pensamiento.  Mani: Piedra preciosa).  En las tradiciones orientales como la budista y la hinduísta se dice que es una piedra preciosa que posee poderes espirituales para lograr la paz y la felicidad.  La piedra tiene el poder de concederle todos los deseos a quien la porte, pero esos deseos deben estar libres de ego y provenir del alma para que sean auténticos.  Este tesoro solo se puede hallar a través del autoconocimiento y las prácticas como la meditación fortalecen esa exploración.  Quien posea la piedra Chintamani logrará obtener el conocimiento de la verdad, lo que se conoce como la cualidad de la budeidad o el despertar de Vishnú, que no es otra cosa, en nuestros términos occidentales, que el despertar de la divinidad.

Chintamani cuenta con un símbolo que se ha interpretado de diversas maneras pero que también se ha convertido en una representación universal para lucha por la paz.

Tres esferas de color magenta rodeadas por una circunferencia más grande.

“El signo de la tríada puede encontrarse con varios significados. Algunos lo ven como símbolo del pasado, presente y futuro, rodeados por el círculo de la Eternidad; otros consideran que se refiere a la religión, ciencia y arte, dentro del círculo de la Cultura. Pero el signo en sí posee características universales representativas. Está en el símbolo indio Chintamani, que simboliza la felicidad y se encuentra en el Templo del Cielo en Pekín y también aparece en los Tres Tesoros del Tibet. Tanto las culturas orientales como las occidentales lo han respetado como uno de sus símbolos emblemáticos. En la India, se le conoce como el Chintamani, al cual se le concede el poder de otorgar la felicidad a través de la paz. En la cultura tibetana, es conocido como el disolvedor de la obscuridad”. (http://fuensantasantos.blogspot.com.co/2012/07/simbolo-de-la-paz-nicholas konstantin.html) 

En la actualidad el símbolo Chintamani es el símbolo de la paz y reúne bajo el mismo propósito a todos los activistas y premios Nóbel de paz que luchan por un mundo libre de guerra.

Ahora bien, Chintamani como estudio de Yoga en la ciudad de Manizales surge de la experiencia personal y de un sueño compartido.  Mi esposo y yo (David Alejandro Ansermot P. y Laura Marcela Sanz León) comenzamos juntos a explorar y buscar un camino o una opción espiritual que nos permitiera fortalecer nuestra disciplina y que de alguna forma nos guiara para ese despertar del que todos los meditadores hablaban, sin embargo, para él como científico y para mí como filósofa era bastante difícil entregarnos a la experiencia sin pasar primero por el conocimiento, de modo que era raro e incómodo vivir una experiencia espiritual visualizando luces y repitiendo frases sin sentido, en un principio demasiado narcisistas, que nos recordaban la grandeza del ser, la divinidad que somos o la luz que emitimos.  Así fue como poco a poco comenzamos a cuestionar ciertas cosas de estas prácticas y comenzamos a soñar con las formas en las que nos gustaría  que fueran transmitidas a otras personas.  David siempre ha soñado con una medicina humanizada, consciente de que nuestro sistema de salud ha creado una distancia enorme entre médico – paciente, donde la queja más recurrente es que el médico ni siquiera hace contacto visual durante la consulta, en un momento que claramente es vulnerable porque se trata de la salud y del bienestar.  Yo por mi parte, siempre he estado cuestionada por la forma en la que la filosofía es enseñada en las aulas de clase, por la pereza que los estudiantes manifiestan ante la enseñanza o por la insuficiente invitación al autocuestionamiento y al preguntarse por sí mismo.  Como abogada también me cuestiono por esa manía de anular las emociones en el ejercicio judicial siendo éstas tan importantes al momento de tomar decisiones o de comprender la realidad sin filtros, todo ello posible desde la meditación y la filosofía práctica, la cual hemos acogido en nuestra visión y misión.

Con gran sorpresa, tratando de hallar algunas respuestas, nos encontramos con que la enseñanza del yoga también se estaba desligando de lo humano, que en medio de esa filosofía basada en neutralizar las emociones para soltarlas y dejarlas a un lado de la práctica, se estaban evitando e ignorando.  Como practicantes deseábamos un maestro que fuera neutral pero también sensible, con un amplio conocimiento filosófico y espiritual y que mostrara empatía por su entorno, porque al fin y al cabo la humanidad es la esencia del mundo que habitamos.  Nos sentimos en algún momento agredidos y heridos en nuestra búsqueda porque de repente la senda del yoga se convirtió en un camino radical, inalcanzable, plano emocionalmente y riguroso.  Entonces comenzamos a desviarnos de lo tradicional y a compartir con otras personas lo que nos resuena en el alma sobre yoga, meditación, filosofía, medicina, literatura y otra cantidad de temas que llegan todos los días a alimentar nuestra esencia humana.

Así creamos a Chintamani como un hogar para el diálogo y la conexión espiritual y emocional.  Las personas que han aceptado esta invitación se han sentido identificadas con esta forma de expresión y han confiado en nosotros para contarnos sus búsquedas e inquietudes, nosotros les aportamos lo que sabemos y ellos también se convierten en nuestros maestros desde sus experiencias de vida.  Hemos adaptado el yoga al duelo, a la enfermedad, a la incertidumbre, al desamor, a la alegría, a la tristeza, a la rabia, a la calma, a la seguridad, a la decepción, al carácter, a la fragilidad, a la paz y a las guerras internas.   Hemos hecho sesiones de meditación y yoga para sanar heridas, para el empleo, para la energía femenina y masculina, para aquietar la mente e incluso solo para respirar, sin pretensiones y sin reglas.  Deseamos que Chintamani sea un espacio de regocijo para personas que más allá de buscar la iluminación primero desean conectarse con su humanidad y abrazarla, reconociendo y aceptando sus emociones y fortaleciendo el ser más que el deber ser.   Estamos 100% seguros de que antes de despertar la dicha, la plenitud, antes de convencernos de que somos luz y divinidad pura, es necesario despertar el pensamiento y el ser filosófico para preguntarnos sobre el sentido de la vida, reconocernos como seres frente a la pregunta para reconstruir y reestructurar los conceptos que configuran nuestra filosofía de vida.

Chintamani es la joya del pensamiento, tu pensamiento, que es el instrumento para materializar la paz.

Con amor,

Chintamani (Laura y David)

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Om Padma, Chintamani Jvala Hum

Tertulia Literaria “Las Cuatro Nobles Verdades de Buda”

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Les presentamos la nueva propuesta de Chintamani. Abrimos nuestro Club de lectura para expandir el yoga hacia el conocimiento a través de la palabra de grandes maestros y pensadores.

Comenzamos nuestra tertulia con el libro “Las Cuatro Nobles Verdades de Buda”. Sirve cualquier edición que tengas y como es de libre difusión lo consigues fácilmente en internet. También puedes escribirnos por WhatsApp al 3113758448 y te lo enviamos en PDF.

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Los esperamos para compartir y tertuliar.

 

Nuestros niños son el reflejo de nuestra adultez (Reflexiones y observaciones sobre el yoga para niños)

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He tenido la fortuna de comenzar un camino como profesora de yoga para niños y adultos, algunas veces esos adultos son los padres de esos niños, de modo que sin buscarlo terminé siendo testigo de ese inmenso parecido físico, mental y espiritual entre padres e hijos.

Una de las preocupaciones más comunes de esos padres son las reacciones de sus niños frente a ciertas situaciones de la vida, reacciones generalmente agresivas o impulsivas. Me preguntan qué deben hacer a través de la herramienta del yoga para que esa situación cambie.  Sin embargo, cuando comienzo la clase y me enfoco en observar los comportamientos de cada uno de los practicantes, descubro algunas cosas que van más allá de pagar unas clases de yoga y asistir a muchos encuentros de meditación; se trata de ser conscientes, de autoconocimiento, de autocrítica y de amor propio. Los niños definitivamente son el reflejo de los pensamientos y los comportamientos adultos.

Me he encontrado con que los niños más agresivos suelen dedicar demasiado tiempo a la televisión y a los videojuegos, que además el contenido de esos programas de televisión y de esos videojuegos está dirigido a adultos.  Los niños me  hablan abiertamente de noticieros, telenovelas, películas de terror, series sobre zombies, escenas donde hay sangre, violencia y contenidos sexuales específicos.  Sin contar con las conversaciones que escuchan entre sus familiares donde disimuladamente están heredando conflictos o sentimientos que no les pertenecen.  Si nosotros, que tenemos capacidad de discernimiento, no somos capaces a veces de asimilar los contenidos de los medios de comunicación y nos sentimos agobiados y estresados, no imagino cuál puede ser la capacidad de un niño para asimilar estos contenidos, teniendo en cuenta además, que ellos sienten admiración por los actos de los adultos.

Durante la clase de yoga, en medio del corre corre y la diversión, tenemos leves accidentes donde nadie se lastima pero, aun así, algunos son incapaces de ofrecerse disculpas entre ellos y prefieren fruncir el ceño y cruzar los brazos con la intención de mostrarle al otro su molestia.  Otras veces, no llevamos ni dos posturas de yoga y algunos manifiestan estar cansados y tener pereza, echándose en su tapete de yoga con flojera, lo cual es muy divertido pero va mucho más allá. En las primeras clases cuando aprendimos a hacer la postura del guerrero me sorprendía ver que todos armaban la postura con sus cuerpos y también comenzaban a disparar con armas imaginarias, obligándome a modificar la experiencia diciéndoles que los guerreros del yoga son guerreros de paz que disparan flores, frutas y juguetes. Otros niños siempre están dispuestos, mejoran cada día su postura y su disposición espiritual, su desempeño académico también mejora notablemente y también el manejo de sus emociones; entonces me pregunto por las acciones que se dan en casa para que cada uno de esos niños tenga una experiencia distinta del yoga y de la vida.

No nos sirve de nada empezar a transitar la senda del yoga si no despertamos nuestra consciencia.  Cada acción, cada comportamiento, cada palabra, cada pensamiento, cada cosa de nuestra vida tiene un impacto tremendo en nosotros y en nuestros seres queridos y cercanos.  ¿Eres consciente de que cuando enciendes la televisión tu hijo está cerca?, ¿Supervisas los contenidos virtuales que tu hijo explora?, ¿Tus enseñanzas cotidianas están cargadas de valores y virtudes?, ¿Eres coherente con esa enseñanza?, ¿Le enseñas a tu hijo a perdonar y tu has perdonado?, ¿Quieres que tu hijo aprenda a respirar y tu respiras?, ¿Deseas que tu hijo suelte la rabia y las emociones negativas y tu lo has hecho?, ¿Alimentas tu conocimiento con contenidos más positivos?.

Con frecuencia pienso que ellos van absorbiendo nuestras actitudes, que nos escuchan decir: “Qué pereza este día”, “Qué pereza el trabajo”, “Qué pereza tal persona”, “No le voy a ofrecer disculpas”, o nos escuchan discutir.  Ellos heredan nuestros gustos musicales, nuestros dichos y nuestra percepción de la vida.  Sin duda cada uno de ellos tiene criterio y gracias a nuestra educación en valores morales y éticos también son bondadosos y correctos pero me refiero a sutilezas de la cotidianidad que descuidamos incluso en nosotros mismos.  Nuestro lenguaje adulto es poderoso tanto para nosotros como para los niños y es necesario ser conscientes y poner nuestra atención plena en ello para modificar lo negativo.

Mi sueño como profesora de yoga para niños es que la práctica sea consciente y fructífera, no que se convierta en una actividad más a la que llevamos a nuestros niños para que ocupen su tiempo.  Los niños son unos seres increíbles, todos son maestros de la vida, ellos traen una misión y unas enseñanzas llenas de sabiduría para nosotros pero a veces cometemos el error de convertirlos en nuestros  resultados, de amoldarlos a nuestras tradiciones y estilos de vida. No podemos dejar de cultivar su conexión espiritual natural.

No te preguntes por el cómo eliminar la agresividad de tu hijo, pregúntate por los motivos que lo hacen reaccionar de forma agresiva, crea consciencia de sus actividades, de sus emociones, de su cotidianidad.  Probablemente lo estás educando muy bien pero si deseas que tu hijo comience una práctica de yoga, medita en lo que significa la unión entre mente, cuerpo y espíritu y en las acciones que se deben modificar para que esa unión suceda.  Tu también debes ser consciente de lo que el yoga significa para que puedas transmitirle a tu pequeño reflejo, a tu pequeña alma, el sentido de esta práctica. Si tu estás desconectado de ti mismo, tu hijo también lo estará.

Las pequeñas acciones transforman inmensos escenarios.  Te invito a leer con tu hijo, a ver películas con otros contenidos aptos para ellos, a jugar a la rayuela, las canicas, a hacer teatro, a pintar mandalas, construir huertas, hacer malabares y todo lo demás que despierte la creatividad y el pensamiento positivo.

Con el amor del yoga

Namasté!

Laura Marcela Sanz León

 

Funes el memorioso (Jorge Luis Borges)

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Funes El Memorioso
(Artificios, 1944; Ficciones, 1944)

Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887… Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo —género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño: Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres; “Un Zarathustra cimarrón y vernáculo”; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y .vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: ¿Qué horas son, Ireneo? Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: Faltan cuatro mínutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco. La voz era aguda, burlona.
Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.
Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O’Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.
Los años ochenta y cinco y ochenta y seis veraneamos en la ciudad de Montevideo. El ochenta y siete volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el “cronométrico Funes”. Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en.la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado… Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina.
No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latin. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, “del día siete de febrero del año ochenta y cuatro”, ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, “había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó”, y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario “para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín”. Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por yj por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat. y la obra de Plinio:
El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba “nada bien”. Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El “Saturno” zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día.
En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del vigésimocuarto capítulo del libro séptimo de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non usdem verbis redderetur auditum.
Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más dificil punto de mi relato. Este (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.
Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y también: Mis sueños son como 1a vigilia de ustedes. Y también, hacia el alba: Mi memoría, señor, es como vacíadero de basuras. Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.
Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos in—mortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.
La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando..
Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, gas, 1a caldera, Napoleón, Agustín vedia. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie marca; las últimas muy complicadas… Yo traté explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario sistema numeración. Le dije decir 365 tres centenas, seis decenas, cinco unidades; análisis no existe en los “números” El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme.
Locke, siglo XVII, postuló (y reprobó) idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.
Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucios y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.
Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.
La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.

1942

Jorge Luis Borges